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Apuntes para un ensayo autobiográfico

 

por Amparo Dávila

"Pinos, el pueblo donde nací, es el pueblo de las mujeres enlutadas de Agustín Yáñez, es también Luvina donde sólo se oye el viento de la mañana a la noche, desde que uno nace hasta que uno muere. Situado en la ladera de una montaña y como rodeado de nubes, desde lejos parece algo irreal, con sus altas torres, las calles empedradas en pronunciado declive y largos y estrechos callejones.

Pinos es un viejo y frío pueblo minero de Zacatecas con un pasado de oro y plata y un presente incierto de minas y tiros abandonados.

Yo nací en la casa grande del pueblo y a través de los cristales de las ventanas miraba pasar la vida, es decir, la muerte, porque la vida se había detenido hacía mucho tiempo en ese pueblo. Pasaba la muerte y a Pinos iban a enterrar a sus muertos. Yo los veía llegar tirados en el piso de una carreta, atravesados sobre el lomo de una mula y a veces en una rústica caja. Detrás de los cristales de las ventanas tampoco había esperanzas de vida para mí, y sí muchos augurios de muerte: había muerto mi hermanito Luis Ángel y yo era una niña enferma y sola.

Al lado de nuestra casa se encontraba la de mi abuelo paterno, en ella había dos cuartos que nunca he olvidado: una sola muy grande con muebles de bejuco, tibores, espejos dorados, floreros con flores de porcelana, cuadros y una virgen de bulto de tamaño natural con grandes ojos de vidrio, que parecía que de pronto iba a bajarse de su altar, y el cuarto del fondo donde había un ataúd en el centro y cuatro cirios nuevos. Ese era el ataúd que mi abuelo tuvo, durante años, listo para su muerte. En la esquina de mi casa estaba el callejón de las prostitutas, y ese era el único lugar del pueblo donde quedaban restos de vida y de alegría, pero también por ahí transitaba la muerte: con bastante frecuencia se mataban los mineros y las mujeres se apuñalaban por los hombres.

En la noche el aspecto del pueblo se volvía más dramático. No había luz eléctrica y las calles y las cosas se alumbraban con la débil luz de las lámparas de petróleo y de gasolina. El frío era más intenso y el viento soplaba más fuerte. Los hombres se envolvían en gruesos jorongos y se metían los sombreros anchos hasta las orejas, las mujeres se embozaban con el rebozo dejando descubierto solo los ojos. Agobiados por el frío se perdían por las calles oscuras como una procesión de cuervos negros.

El viento se filtraba por las hendiduras de las puertas y las ventanas calando los huesos. Yo siempre tenía frío, ni la chimenea de mi cuarto, ni mis perros y mis gatos lograban calentarme; durante el día muchas veces lloré de frío y por las noches de frío y de miedo….una mujer vestida de blanco, con una vela encendida, muy pálida y sin ojos, buscaba algo a través de la larga noche, crujían las puertas y las ventanas, los muebles, pasaban sombras, bultos, se oían voces, suspiros, quejidos, y un hombre con una pierna de palo que golpeaba sordamente al caminar, entre los aullidos del viento, la música de los fonógrafos y las carcajadas de las prostitutas en el callejón. Así pasaba la noche, así pasaron muchas noches de mi infancia.

Mi primera afición fue la alquimia, tal vez por haber nacido en un pueblo de metales. Cuando no hacia frío, y yo no estaba enferma, me escapaba con mis perros hacia la montaña. Cortaba toda clase de flores y hierbas, juntaba pedernales y piedras que me parecían raras.

Después pasaba días encerrada en una bodega vacía que había en la casa, llenando frascos con pétalos de flores y moliendo hojas  de yedras y de ortigas. Los pedernales y las piedras los bañaba en aguas de colores.

Estaba totalmente convencida de que el día menos pensado obtendría perfumes, venenos, oro y piedras preciosas. Los frascos llenos de pétalos y de hierbas maceradas estallaban a los pocos días y la bodega se llenaba de pestilentes olores; los pedernales se enmohecían y enlamaban, pero yo no me desalentaba por los frascos y volvía a llenar frascos y más frascos…y todavía sigo preparando maceraciones y unturas.

Casi todos los días, después de la comida, iba al Parque Juárez, el parque hundido con su estanque más hundido aún que el mismo viejo parque, su fondo estaba lleno de lama y musgo, hierbas acuáticas y piedras por donde los peces desaparecían, peces de colores que brillaban y relucían, como si fueran de oro y de plata, cuando los tocaba la luz del sol. Allí pasaba yo las tardes de mi infancia y sólo se marchaba cuando ya no se veían los peces en el agua ensombrecida y el viento soplaba fuerte.

En la escuelita de Pinos aprendí las primeras letras. Cuando tenía calentura no me dejaban salir de la casa, y yo pasaba los días en la biblioteca de mi padre mirando la calle a través de las ventanas, ojeando libros y deletreando palabras. La Divina Comedia de Dante Alighieri era el libro que más me atraía, tal vez por el tamaño del libro, las pastas de piel rojas, los cantos dorados y los terribles grabados de Doré. Y éste, el primer libro que el azar llevó a mis manos, ha sido simbólico en mi vida, pues si bien ahí conocí el rostro de los demonios que me perseguirían sin descanso noche tras noche sumándose a mi ya numerosa procesión de espectros, también descubrí el rostro del amor de Paolo y Francesca, los amantes que un negro viento impulsaba sin descanso por toda la eternidad, enlazados estrechamente en el amor que los llevó a la misma muerte, y también encontré a Virgilio, el cual en varias imágenes me ha conducido de la mano a lo largo de la vida.

Como nadie me lo impedía yo pasaba los días enteros ojeando y curioseando toda clase de libros, sobre todo aquellos que tenían ilustraciones: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes cuyas láminas me divertían muchísimo, Dumas, Theopile Gautier, Zolé, Gustavo Bécquer (aún recuerdo su rostro y su melena ensortijada en la portada de una edición española de sus Rimas y Leyendas), Vargas Vila, y no recuerdo cuántos más pasaron por mis manos.

A pesar de mi salud tan precaria, a los siete años me llevaron a San Luis Potosí a educar a un colegio de religiosas, cuando llegué al  Colegio Motolinia y yo no sabía nada de religión, solo sabía de los demonios que me aterrorizaban por las noches y de los demás espantos.

Ahí supe de la existencia de Dios y de su hijo Jesús muerto en la cruz. Profundamente conmovida comencé a escribir, cerca de la primera comunión, pequeños poemitas a Dios, que mi madre guardaba.

Escribir se manifestó en mí como una necesidad natural y una forma de expresión ineludible. Como tarea de la clase de gramática nos dejaban hacer alguna descripción, un pequeño relato, una narración. Así empecé, como a los diez años, a escribir prosa, es decir cuentos. Yo hice cuentos con la misma naturalidad o facilidad con la que otros niños hacen palomas al jugar con barro, cuentos que sin duda eran malos, pero que eran cuentos. En ese colegio conocí a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa, Cervantes, Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz, a Fray Luis de León, su traducción del Cantar de David. El Cantar de los Cantares y los Salmos me impresionaron profundamente y dejaron una honda huella.

Al terminar la instrucción primera fui a otro colegio, también de religiosas, la Academia Inglesa Welcome. Ahí encontré a William Shakespeare, Walt Whitman, Nathaniel Hawthorne, Washington Irving, Henry Longfellow. Durante los años de la secundaria no escribí cuentos y sí muchos poemas, y me dediqué con gran entusiasmo, al estudio del piano.

Cuando acabé la secundaria una nueva y grave recaída de mi salud siempre frágil, me tuvo confinada por un largo tiempo.

La enfermedad y la carencia de una preparatoria particular, en San Luis Potosí, así como la imposibilidad mis deseos. Todas estas trabas físicas y morales me obligaron a buscar por mí misma y con mis propios recursos el camino hacia las letras. Lo que había comenzado siendo una mera necesidad de expresión con los años había ido cobrando conciencia de vocación. Durante esos años de enfermedad y aislamiento leí mucho la poesía española contemporánea: García Lorca, Rafael Alberti, Emilio Prados, Antonio y Manuel Machado, Luis Cernuda, Vicente Alexander, y descubrí a los escritores que han sido muy importantes para mi formación literaria; Herman Hesse, Franz Kafka y D.H. Lawrence, y Albert Camus.

Por ese tiempo y siguiendo la huella perdurable del Cantar de los Cantares y los Salmos, comencé a escribir pequeños poemas paralelísticos.

Bastante recuperada de salud fui publicando algunos de éstos poemas en revistas literarias: La Revista Estilo de mi querido amigo Joaquín Antonio Peñalosa, en San Luis Potosí, Letras Potosinas y la Revista Ariel que hacían en Guadalajara Emanuel Carballo y Carlos Valdez, recogieron mis primeras publicaciones.

En 1950 publiqué en San Luis Potosí, bajo el Perfil de Estilo, Salmos bajo la luna (poemas paralelísticos).

En 1954 publique también en San Luis Potosí, Meditaciones a la orilla del sueño (poesía) y En ese mismo año (Perfiles de soledades poesía).

En ese año 1954, fui a radicar a la Ciudad de México, decidida a dedicarme al oficio de las letras. El primer año de mi arribo volví a tener serias complicaciones de salud, a tal punto, que creí que el final había llegado. Afortunadamente no fue así y logré recuperarme como jamás lo hubiera pensado.

Había yo tenido la suerte de conocer, en San Luis Potosí, a don Alfonso Reyes, al llegar a México me acogió con la generosidad que lo caracterizaba y fue para mí el Virgilio, que de la mano me llevó a través de los círculos literarios. También de la mano me llevó, cuando supo de mis terrores nocturnos, con su amigo el Dr. Federico Pascual del Roncal, eminente siquiatra español, que fue otro Virgilio que me libró del pánico a la oscuridad y a sus espectrales moradores.

Durante tres años fui secretaria de Don Alfonso, a su lado, en la Capilla Alfonsina, aprendí muchas cosas que han sido fundamentales para mi oficio: aprendí a ser libre y no guiada por algún grupo o círculo literario, o no tener más compromiso que conmigo misma y la literatura; también aprendí que la prosa es una disciplina ineludible y comencé a practicarla como mero ejercicio.

Volví a hacer cuentos, cuentos que Don Alfonso quiso que fuera publicando en la Revista Mexicana de Literatura, la Revista de la Universidad de México, la Revista Estaciones, la Revista de Bellas Artes y otras más…

En 1958 me casé con el pintor zacatecano Pedro Coronel y fue Don Alfonso Reyes quién me entregó con él, en el altar mayor del templo de San Agustín. En ese mismo año nació nuestra hija Luisa Jaina y dejé de trabajar con Don Alfonso Reyes.

En 1959 nació Juana Lorenza y el fondo de Cultura Económica, publicó mi primer libro de cuentos, Tiempo Destrozado, Letras Mexicanas No. 46.

En 1964 se publicó el segundo libro de cuentos, Música Concreta, letras Mexicanas No. 79, Fondo de Cultura Económica.

En 1966 obtuve la beca para cuento en el Centro Mexicano de Escritores y tuve la fortuna de que en ese tiempo fuera Don Francisco Monterde, Académico de la Lengua, el presidente del Centro Mexicano de Escritores y director del grupo de becarios, y Juan Rulfo y Juan José Arreola los coordinadores de las sesiones de los becarios. Durante ese año de la beca escribí la mayor parte de los cuentos de Árboles Petrificados, el cual se publicó hasta 1977 en la Editorial Joaquín Mortiz, Nueva narrativa hispánica y mereció el premio “Xavier Villaurrutia” correspondiente a ese año.

De 1978 a 1982 fui secretaria de la Asociación de Escritores de México A.C., y tesorera del Pen Club de México, tres periodos. Durante varios años impartí el taller de cuento en la Asociación de Escritores de México, A.C., y varios talleres también sobre cuento para el Departamento de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, así como talleres independientes y particulares de cuento y narrativa.

La literatura me ha dado muchas satisfacciones y estímulos gratificantes: invitaciones para asistir a congresos de literatura o para leer cuentos, dentro y fuera del país; distinciones, condecoraciones, premios inesperados y homenajes. Debo decir que la crítica ha sido siempre conmigo sumamente generosa.

He tenido una vida complicada y difícil que me ha impedido escribir más como hubiera sido mi deseo. La literatura ha sido para mí como una larga y tercera pasión amorosa hacia la cual, lo he confesado siempre, he sido una amante inconstante, más no infiel, y siempre que la vida me lo permite, regreso a ella.

Primer premio (medalla de oro) con el poema “Salmo de la Ciudad Transparente”, en el primer certamen literario “El Héroe de Nacozari”. San Luis Potosí, S.L.P. 1951.

Mención honorífica, con el poema “Frente al Mar”, en los sextos juegos florales “Ramón López Velarde”, Zacatecas, Zac., 1952.

Primer premio (rosa de oro), 2° tema cuento, en los I Juegos Florales de la “Universidad Juárez”, Durango. Dgo.. 1976.

Medalla (al Mérito literario), Pedro Domec Q., Guadalajara, Jal. 1971

Medalla (al Mérito literario), H. Ayuntamiento de Guadalajara, Jal. 1979.

Medalla (Conmemorativa de la fundación de Zacatecas) “Zacatecas 450”, 1996

Medalla Bellas Artes. Instituto Nacional de Bellas Artes, 2015. 

Homenaje de una semana en varios lugares del Estado de México, organizado por el Instituto Mexiquense de Cultura, en 1997.

Homenaje a nivel nacional, del departamento de Literatura del Instituto Nacional de las Bellas Artes y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes por la obra y los 70 años, en 1998.

Homenaje del Gobierno del Estado de Zacatecas y el Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde”, Zacatecas, Zac. 2002

Homenaje del Gobierno del Estado de San Luis Potosí a través de la Secretaría de Cultura, la delegación San Luis Potosí de la Secretaría de Relaciones Exteriores y la fundación Jesús Medina Romero y Esparza M. de Medina, A.C. El 26 de agosto de 2005 en la sala Francisco de la Maza de la Casa de la Cultura Arq. Francisco Javier Cossio Lagarde.

Homenaje Nacional en el Palacio de Bellas artes por sus ochenta años de vida. 2008". 

***Este texto, revisado, corregido y aumentado, fue inicialmente leído dentro del ciclo “Los Narradores ante el Público, organizado por el Departamento de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, en la sala Manuel M. Ponce, el 19 de agosto de 1965.